De la ciudad a la plataforma

Mi amiga Laura me dijo hace ya varias semanas que le gustaría que escribiera sobre mi experiencia trabajando en una plataforma petrolera (ya sé, ¿o sea cómo que en una plataforma? ahorita les explico). Pasaron semanas y no pude escribir nada al respecto ya que resulta que mi musa es terriblemente caprichosa y hasta hoy a las 12:34 de la mañana se le ocurrió aparecer. Bueno, pues hay que aprovecharla, ¿no?

Plataforma petrolera

Anyways…

¡Hola a los lectores de The Cucu Room! Mi nombre es Marianela, por ahora soy intérprete-traductora independiente y mi última aventura laboral fue lanzarme en medio del Golfo de México a una plataforma petrolera. ¿Que cómo llegué ahí? Por una serie de eventos afortunados, por estar al pendiente de WhatsApp y por sacrificar mis planes de vida para ir allá y cumplir con mi deber. En nuestro mundo freelance el trabajo se consigue por conexiones y por gente que habla bien de ti.

Bueno, yo tuve muchísima (de verdad, resalto el “-ísima”) suerte ya que alguien tuvo fe en mi y decidió recomendarme un día para acompañar a unos noruegos a Villahermosa a sepa Zeus qué. Total, fui y me quedé como la quinta o cuarta opción para acompañarlos en sus múltiples juntas con la gente importante del ámbito petrolero de México. Después de muchos meses se necesitaba a alguien que quisiera ir al curso de capacitación para obtener la Libreta de Mar (es decir, el pasaporte para ir a pasear costa fuera en aguas nacionales) e ir a la plataforma con los noruegos.

Yo, al ser la nueva y la que claramente aún no tenía mucho trabajo, resulté la “ganadora” de un viaje todo pagado a Ciudad del Carmen para tomar el curso. Obviamente estaba más que emocionada, es decir, una pla-ta-for-ma-pe-tro-le-ra, ¿así o más cool mi vida? Bendita ignorancia, se los juro.

Llegó el día y me fui al curso. El primer día me mandaron a un examen médico para saber que no era soldado de pié plano y que podía ir a trabajar allá sin bronca. Me hicieron un electrocardiograma cuyas ventosas me reventaron la epidermis, dermis, y mi capacidad de ponerme el bra a gusto. Al final, la doctora que te pone el sello de “calidad premium” me dijo que tenía que bajar de peso (ya sé, se los juro que ya lo sé pero no es que no quiera, señora, es que mis rodillas no sirven para hacer Insanity o el híbrido fitness que la juventud haga en la actualidad (larguísimo mi paréntesis, ya sé, je je)).

Al final me despacharon y regresé al día siguiente para el curso teórico o como yo lo bauticé: Mil maneras de morir.  El instructor era un capitán de esos con look de que han domado olas de 30 metros de altura y que lucharon contra un tiburón toro en medio del mar. Todo iba bien, estaba tomando notas, nada fuera de lo ordinario hasta que el señor se chutó el monólogo de lo infernal que es estar allá y que las muertes costa fuera son lo más cruel que le podría pasar a cualquier cristiano. Me perdí como 10 minutos del curso porque las lagrimas no dejaban de brotar de mis pobres ojitos. Lo único que podía pensar era en lo tremendamente macroestúpida que fui al aceptar y que me iba a negar rotundamente a hacerlo.

Obvious spoiler alert: no me negué a ir, al contrario, pasé el examen con 10 y sellé mi destino.

Esa noche le lloré a mi mamá, a mi mejor amigo, y a mi mejor amiga intérprete diciéndoles que no quería morir en medio de un incendio mientras había una fuga de H2S1 aunado a una fuga de gas que causara una explosión que lanzara mi cuerpo en pedacitos al mar para que fuera botana de tiburón.

Hell to the effing NO

Al día siguiente nos dieron el curso práctico donde aprendimos a lanzarnos de una plataforma, a nadar con chaleco salvavidas y a las formaciones que se hacen en caso de quedar flotando en territorio de Poseidón. Esa parte del curso fue sumamente amena, me fue re-bien. Después de eso nos aplicaron el examen, pasé, me felicitaron y regresé al bendito D.F.

Pasaron los meses, pasó año nuevo y no había noticias sobre la plataforma. Llegó enero 2016 y nada. Llegó febrero y… ¡mocos! llegó la hora.  Empaqué mi súper mochila para acampar con todo lo necesario para ir al fin del mundo, me despedí de mi vida y tomé el avión para llegar a Ciudad del Carmen.

Tenía miedo de muchas, muchas cosas. En cuestiones laborales, tenía miedo de fallar porque no pude llevar mi iPad ni mi iPhone, es decir, no había internet para consultar dudas. Me llevé una laptop y un par de glosarios del tamaño de Satanás conmigo. Estudié como animal la semana antes de irme, pero aún así, siempre hay términos sorpresa cuando uno se mueve en un campo técnico…

…y obvio tenía miedo de morir, de perder un brazo o de que me aplicaran una violación grupal (me tejo unas chambritas mentales di-vi-nas)

En Ciudad de Carmen tuvimos una junta larga antes de ir para afinar detalles. Me fui a la cama a las 10 de la noche y me tenía que despertar a las 3 de la madrugada para tomar el helicóptero a las 5 A.M. que nos llevaría a la plataforma. Claramente no dormí…

Sonó mi despertador, me puse el overol naranja, las botas de punta de acero, y mis guantes de seguridad. Sujeté mi casco a una de mis mochilas junto con mi estuche de las gafas de seguridad. Hablé por última vez con mis papás y me subí a una camioneta para ir al helipuerto.

Diosito, please que todo salga bien, please, please  era lo único en lo que podía pensar… eso y que me había puesto mal el overol y me estaba destruyendo el Pikachu.

1 Es un gas que te despoja de tus cinco sentidos. súper sexy, ¿no?

Marianela Ávila en The Cucu Room

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Marianela Ávila

Tengo cara de bebé y mido 1.76. Me encanta leer libros en inglés y beber bubble tea. Amo hacer reir a la gente y jugar videojuegos. Puedo pasar horas escuchando música y viendo caricaturas. Quiero cambiar al mundo y tener una granja de perros cuando esté viejita.
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