La vida en la plataforma costa fuera

¡Hola seguidores de The Cucu Room! Antes de empezar, una disculpa por haberme tardado tanto en la segunda parte. Esta experiencia fue de un calibre tan extraordinario para mi que no sabía cual era el punto de vista adecuado para transmitírselos. De cualquier manera, aquí está listo para ustedes.

Uno puede llegar a una plataforma petrolera por mar o aire. Para llegar al complejo en donde yo me quedé, uno viaja alrededor de dos horas y media en una lancha que es como una mini sala de cine que se mueve. La gente dice que es un verdadero “calvario” porque la mayoría se marean de tal manera que se la viven vomitando (para eso le piden a uno el casco, no es para protección, sino para vomitar ahí adentro). La otra forma, que es de la manera en la que a mi me tocó viajar, es por helicóptero.

El helicóptero sólo tarda media hora en llegar y ofrece la vista panorámica del campo petrolero. Lo único pesado es ponerse el bendito cinturón de seguridad. La primera vez que me subí me quedé pasmada cual cavernícola en el siglo XXI porque no podía desabrochar la bendita rosca extraña que tiene. Estaba apenadísima, no quería que alguien fuera testigo de mi ineptitud, pero claramente todos me vieron luchar contra la brujería esa. Uno de los noruegos me ayudó a ponerme el cinturón, que por cierto, no está hecho para gente “grande” uno tiene que estar más o menos fit para entrar a gusto.

Como les dije la vez pasada, el helicóptero sale en el primer vuelo, en horas que no son de Dios. Cuando uno llega al helipuerto de la plataforma, uno tiene que bajar un montón de escaleras, pero en mi caso las escaleras no tenían barandal hasta llegar al siguiente piso y sin luz del día las escaleras solamente eran un conjunto de tubos sin sentido. Ahí me dio tantito el miedito de irme de boca y reventarme el alma, pero por suerte algunos ingenieros que nos acompañaron me ayudaron a bajar el laberinto amarillo fosforescente llamado escalera.

Estar en una plataforma petrolera es como estar en una colonia de humanos en un planeta desconocido. No hay lugares a los que uno pueda ir, no hay celular y el acceso a internet está muy restringido. Aunque es un complejo construido y controlado por el hombre, el ambiente salvaje del mar sigue siendo muy imponente. El día empieza con un sol bañado en un rojo furioso nivel penétrame la pupila y la jornada laboral termina con un atardecer nostálgico tan pacífico que el alma se tranquiliza. En la plataforma uno es testigo de todos esos fenómenos meteorológicos que parecen ajenos en la ciudad. Uno puede ver las diferentes corrientes de los frentes fríos, los nortes y demás. Cuando se acerca un norte, el mar y el cielo se unen en un espejo gris, y la niebla rodea la plataforma de tal manera que ya no se puede ver nada más allá de unos 10 metros.

En un día común, el cielo es tan claro que se pueden admirar los diferentes tipos de nubes y los matices azules y verdes del océano (además del aceite que le da un toque estilo caldo de pollo a la situación). Definitivamente uno de los aspectos más bonitos es ver delfines negros saltando y jugando con los peces, además de alimentar a las barracudas carnívoras, y ver a la ocasional tortuga salir a respirar.

Ahora bien, la vida en una plataforma es muy ajena a lo que nosotros estamos acostumbrados. Uno aprende a sobrevivir como puede y ve lo más bonito de la humanidad, al igual que lo desagradable. Las personas ajenas o nuevas se tienen que adaptar a las normas de convivencia y averiguar los canales correctos de comunicación. Una vez tuve que bajar hasta el último nivel para encontrar al muchacho que te conectaba con el señor que conseguía refresco frío para la comida. Luego tuve que averiguar con quién conseguir el bendito Treda para curarle la Venganza de Moctezuma a los extranjeros (jejeje).

Una como mujer tiene un par de retos adicionales, ya que para ir al baño hay que caminar unos buenos 15 minutos y subir unas cinco escaleras (se los juro, pasar los días rojos ahí es todo un circo). Aunado a esto, es obvio que la privacidad es algo casi inexistente. Los baños son comunes y claramente no voy a llegar virgen de los ojos al matrimonio. Uno hace cola para usar las regaderas con puertas que no cumplen del todo bien su papel, la primera noche se me abrieron las puertas y hubo un leve flasheo para unos trabajadores a los que gracias a Zeus no volví a ver. Los cuartos son de 7-14 personas y a veces hay que compartir cama entre el turno diurno y nocturno. Gracias al cosmos nosotros dormimos sólo una noche ahí porque nos bajaron a una barcaza para que ese fuera nuestro hogar costa fuera.

La primera vez que fui a la plataforma todo fue como película de Disney. Me enfrenté al shock inicial, pero no me sentía tan sola como las veces subsecuentes. Durante mi primera estancia conocí a una chica de 33 años de edad que fue mi guía. Me contó todo cómo funcionaban los baños, a quién había que recurrir, los procedimientos de seguridad y demás. A cambio le pude pasar música que llevaba en la laptop y la hacía reír cada noche antes de dormir. A esta chica le voy a estar eternamente agradecida por haberme escuchado y orientado. Ella fue gran parte de los elementos bonitos de la plataforma. Hay mucha gente que se preocupa por los nuevos y les ayuda. La parte mala es que siempre va a haber patanes, siempre va a haber burocracia y nunca va a faltar el listillo que quiere que pases una noche en su litera.

El vivir en la plataforma equivale a quitarse todo el glamour de encima. Los días están llenos de sol, sudor, y sustancias tóxicas. Durante el trabajo hay que usar gafas de seguridad y tapones para los oídos, porque el ruido es sumamente fuerte. Hay que estar siempre pendientes de los olores, alarmas y ruidos. Lo más importante es saber a donde hay que ir en caso de emergencia. Claro, hay un momento de descanso que es la comida. Uno hace filas largas para comer y muchas veces no queda suficiente para la gente del final. A la hora de la comida, nos tocó comer en la planta de calderas donde hay que sentarse en el suelo (pura rejilla). Al final, lo agradable es darle de comer a las barracudas y ver cómo se atascan todo lo que les lanzan, menos manzana y chile.

De las mejores cosas que hay es encontrarte con gente agradable que te integra a la familia plataformera. Sabes que ya la armaste cuando te saludan con gusto en las mañanas y cuando te regalan dulces, pan y fruta (que en la plataforma sabe a gloria). Sabes que ya eres parte cuando tienes un apodo y dejas de ser un extraño.

Para nosotros, un día común empezaba en el área común de la barcaza donde la gente fuma. Muchas veces me sentía cual marino, viendo a las gaviotas pasar de cerca mientras sentía el viento salado en la cara. A las 7 de la mañana nos movíamos a la cubierta con el chaleco salvavidas para subir a la pasarela que conecta con la barcaza o sino, a la viuda que es es un tipo de canasta del cual uno se agarra por afuera y que es levantada por la grúa (cosa que me daba terror absoluto y la que eventualmente me subí). Después de sacar los permisos de trabajo y de ir a las reuniones de seguridad, el trabajo empezaba. Las jornadas duran 12 horas y el almuerzo se sirve a medio día. El regreso era más o menos a las 8 de la noche. Uno cenaba, se bañaba y a dormir.

Para mi, ir a la plataforma representaba ir voluntariamente a algo que me aterraba. Era como estar enfrente de una cueva oscura y tenebrosa en la cual se sabe que al entrar uno se arriesga a salir lastimado o a no volver del todo. Qué freaking miedo, ¿no?. De entrada, el hecho de viajar a un lugar que requiere capacitación para sobrevivir en caso de una eventualidad es una señal de alerta. No me fue nada sencillo aventurarme a ir cuando todo mi ser mi gritaba que no fuera. ¿Por qué fui? Porque sabía que tenía que ir, sabía que tenía que enfrentarme a mi miedo. No había de otra. En mi caso, la plataforma representó un viaje de crecimiento, además de un viaje de trabajo, en el cual yo estaba sola y yo era la única que me podía ayudar a mi misma a hacer lo que fuera necesario para que todo saliera bien.

Yo sé que esto es un caso “extremo” ya que aquí se requiere fuerza física y enfrentarse a situaciones que pueden llegar a ser mortales. Sin embargo, sé que para ustedes que me están leyendo y para todos hay una plataforma a la que tienen miedo de subir. Sé que en su plataforma hay elementos, variables, y factores que propician el que ustedes aún no se hayan subido. ¿Mi invitación?, inténtenlo. Si esa plataforma es un reto personal o algo desconocido a lo que se tienen que enfrentar para seguir adelante, súbanse. La incertidumbre es tremenda. Les va a resultar mucho más sencillo hacerlo que el vivir por siempre con ese gusanito metido en ustedes.

Antes de irme, me gustaría compartirles otra cosa. Es muy probable que las personas no comprendan la razón por la cual ustedes tienen nervios o miedo de subirse a su “plataforma”. Es muy difícil que las personas puedan ser 100% empáticas con algo que no conocen o a lo que jamás se han enfrentado. Yo sé lo molesto que es sentirse incomprendido y que los demás minimicen tus miedos y preocupaciones, de verdad lo entiendo. Hubo varias personas que no supieron comprender mi situación y que minimizaban mis preocupaciones o que desestimaban lo que les contaba. Lo anterior me resultó muy frustrante y hasta a veces increíble cómo mucha gente desprecia a los demás por sus preocupaciones. No obstante, el viaje a esa plataforma es suyo y lo que logren ahí es para ustedes. El que debe aplaudirse por enfrentar el miedo es uno mismo, y nadie más. Sea lo que sea a lo que se tengan que enfrentar, muestren su espíritu y hagan lo que tengan que hacer. Ustedes pueden.

Marianela Ávila en The Cucu Room

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Tengo cara de bebé y mido 1.76. Me encanta leer libros en inglés y beber bubble tea. Amo hacer reir a la gente y jugar videojuegos. Puedo pasar horas escuchando música y viendo caricaturas. Quiero cambiar al mundo y tener una granja de perros cuando esté viejita.
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